Lucía odia los relámpagos. Los odia con toda su alma. Esas siniestras líneas retorcidas y luminosas, capaces de crear enormes destrozos. Son serpientes que la acechan, la persiguen. Por eso nunca sale cuando hay tormenta. Y eso que ama la lluvia. Pero esos malditos relámpagos lo echan todo a perder.Después de los diluvios, Lucía sale al jardín y recoge las amapolas destruidas. Luego, se encierra en su cuarto e intenta recomponerlas, pétalo por pétalo. Nunca logró curar una del todo. Pero Lucía se siente orgullosa de su vocación de botánica.
Los relámpagos son los causantes que su armado jardín esté devastado, como bombardeado después de una guerra. Pero lo peor de la tormenta es que no la deja jugar afuera. Lucía está pensando, seriamente, en hacerle una denuncia al cielo por impedimento de diversión infantil.
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